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lunes, 10 de octubre de 2011


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La industria de la Pobreza

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ramon_copyDudo mucho que la advertencia bíblica de que “los pobres siempre estarán con nosotros” responda a un mandato divino. Más bien lo veo como un reconocimiento de alto nivel de que los que se benefician de la pobreza seguirán haciendo todo lo necesario para que ésta no desaparezca. Porque la pobreza es buen negocio.
Primero lo obvio; que de la explotación de los muchos pobres se benefician los pocos ricos. Esto fue cierto hasta que el hiper-empresario Henry Ford entendió el precepto marxista de la insustentabilidad del capitalismo al darse cuenta que sus trabajadores no tenían los medios para comprar el producto que producían. Ford decidió entonces pagar a sus obreros lo suficiente para que pudieran comprar los automóviles que fabricaban.  Así se hizo aún más rico y de paso creó el empresariado iluminado y la clase media consumidora. El resto del éxito capitalista es historia. De hecho, pudiéramos entender parte del subdesarollo como la incapacidad de algunos países de generar una clase media consumidora.
Pero aún así muchas personas, incapaces de optar a la clase media ya sea por circunstancias estructurales de su nacimiento o por accidentes puntuales como la pérdida de salud o de un empleo, quedan atrapados en un marasmo de pobreza hard core. Y de ahí surgen oportunidades para los emprendedores en el negocio de la pobreza. Se les conoce como los cafiches de la pobreza, o poverty pimps.  Son los que validan el vaticinio bíblico.
Veamos. Primero que no debemos ver la pobreza sólo como la falta de cosas, a pesar de ser ésta una característica bastante universal. Un ermitaño puede dedicarse a una vida austera en una cueva comiendo pasto y no ser, en el sentido estricto, pobre. Porque presumimos que su condición es voluntaria y tiene la opción de salir de ella. Mahatma Ghandi no poseía prácticamente nada, sin embargo fue de los seres más influyentes de su siglo y es difícil pensar en él como “pobre”. Entonces, la tragedia de la pobreza no es la falta de cosas, sino la falta de poder para cambiar las circunstancias que generan dicha falta. Pobreza entonces es falta de poder.
Parecería entonces que la forma de lidiar con la pobreza sería crear nuevas instancias de poder; que los otrora pobres tengan la capacidad de salir de su condición. Es lógico pensar que quien tiene poder para salir de una situación indeseada usará dicho poder para salirse de ella. Casos como Gandhi y los ermitaños ascetas son excepciones y responden a otra dinámica. Su condición fue voluntaria. De cualquier forma son pocos.
Entonces, parecería que el gran desafío para los que desean eliminar la pobreza sería buscar la forma de hacer crecer el poder de los llamados pobres. Y detengámonos en eso un momento. La literatura del desarrollo de las últimas décadas habla mucho del “empoderamiento”, la transferencia de poder del que lo da al que lo recibe. Pero mirando de cerca se percibe una falacia. Dijo Napoleón (quien sabía de estas cosas) que “el poder no puede ser otorgado, tiene que ser tomado”.  Porque quien te da el poder tiene la capacidad de quitártelo; en realidad sólo te lo está prestando. Nadie empodera a nadie.
El desempoderado tiene que descubrir que tiene en su propio interior la capacidad latente de empoderarse. Nadie lo puede empoderar, estrictamente hablando, pero sí se le puede ayudar a descubrir su propio potencial. Y ahí está la cosa; pues la industria de la pobreza se especializa en dar cosas que a la vez enfatizan al pobre su dependencia, su incapacidad de valerse. Porque así seguirán siendo pobres necesitados de ayuda, dependientes del que la da, incapaces de cambiar su condición pues no han descubierto que tienen la capacidad de hacerlo.
Una vez en África vi a un elefante arrancar de cuajo un árbol. Con raíces y todo. Los elefantes tienen esa potestad. Sin embargo, al domesticarlos en el circo se les enseña, de la manera más perversa... que no la tienen. Cuando nace un elefantito se le encadena por una pata a una estaca clavada en el suelo. El animalito protesta y tira y hala y no puede zafarse. Eventualmente acepta que no puede y queda frustrado pero tranquilo con su circunstancia. Ha quedado domado. Y a pesar de que con el tiempo crece y su capacidad de arrancar la estaca se multiplica, el elefante adulto no lo hace. Porque se le enseñó que no puede.
Los pueblos y los individuos pobres viven convencidos en su frustración de que son incapaces de sacar la estaca aprisionante de sus circunstancias. Por lo que los programas de ayuda contra la pobreza deberían dedicarse a contradecir esa convicción. Pero no lo hacen. Porque se acabarían los pobres... y se acabaría la justificación de los programas.
Valga una aclaración: no niego la importancia de la caridad. Particularmente en momentos de crisis todos somos propicios a necesitar una mano amiga para levantarnos. Y todos, por otro lado, debemos ofrecer esa mano cuando haga falta.  Pero esa mano debe venir acompañada con el reconocimiento respetuoso al necesitado de que su circunstancia debería ser pasajera. De que lo que necesita es no sólo salir del hoyo inmediato, sino tener la capacidad para no volver a caer en él.
Muchos programas de combate a la pobreza alegan hacer eso. Proclaman el proverbio chino (o japonés o mongol...) de no dar al necesitado un pescado, sino enseñarle a pescar. Buehh...  ahora el pobre no se morirá de hambre. Lo cual no es poca cosa, pero seguirá siendo pobre. Porque su carencia no era sólo técnica y por ende remediable con entrenamiento; su carencia era interior, del convencimiento de que su máxima aspiración debería ser sólo sobrevivir. No se le alienta a que puede ir mucho más allá y convertirse, qué se yo, en empresario de la pesca, en líder e inspiración de su comunidad, en hacedor de cosas. Se le dice que no quieren que se desencante más adelante; porque en el fondo quienes le ayudan también creen que él no puede sacar la estaca que lo aprisiona.
El problema, así como su solución, están como dijo Unamuno: adentro. Eso se aprende, pero no se puede enseñar. Se despierta de adentro para fuera en el espíritu de cada cual, no de fuera para adentro echándole cosas. Se aprende sólo descubriéndolo, haciéndolo. Los programas de ayuda contra la pobreza pudieran hacer eso, pero no sólo dando charlas alentadoras y arengas a tener entusiasmo.  Tendrían, en vez, que ayudar a los pobres a organizar actividades que los pobres mismos determinen como importantes, actividades que ellos definan y que ellos ejecuten, actividades que ellos decidan si están funcionando o no,  y cómo rectificarlas si no lo están.
Pero eso es más difícil y más riesgoso para los programas de ayuda. Porque los hace menos necesarios y superfluos a la larga. Les quita poder y cede el espacio para que los pobres lo tomen. Para ello tendrían que sacudirle el piso a sus beneficiarios, tendrían que plegarse ellos a las decisiones de aquellos a quienes intentan ayudar, tendrían que ser instrumentos al servicio de sus públicos en vez de ser sus maestros y benefactores. Tendrían que dejar de ser portadores de lecciones. Tendrían que ponerse los ayudadores bajo el mando de los ayudados.
Muchos países desarrollados han logrado crear una clase media consumidora que sustenta su economía, pero han dejado como residuo unos estratos de pobreza dura bajo circunstancias que les inhibe incorporarse al progreso. Los países ricos  típicamente atienden esas poblaciones dándole cosas (como educación, salud, vivienda y alimentación subvencionada) y en algunos casos dándoles capacitación en destrezas técnicas que pudieran usar para incorporarse a la vida económica. Eso está bien, y a veces produce algunos resultados medibles en los márgenes. Comen y sobreviven. Pero todo el mundo sabe—quienes dan la ayuda y quienes la reciben—que son incapaces de zafarse de la estaca que los aprisiona, que no resolverán el problema. Porque éste es estructural así como profundamente personal.
No se es pobre porque se quiere, se es pobre porque la circunstancias lo aprisionan y porque se le ha hecho convencerse de que es incapaz de cambiarlas. Que lo más que puede hacer es ingeniárselas para sobrevivir bajo ellas.  Salir de esa trampa entonces requiere dos niveles de acción: la colectiva de concertación pública para el cambio de estructuras, y—la más difícil—la individual.  Porque no se trata de movilizar a los pobres por un liderazgo inspirador; eso equivale a convertirlos en manadas de seguidores de quienes no le han cedido el poder.  Se trata de que los pobres sean capaces de organizarse y movilizarse ellos mismos.  Ese descubrimiento ocurre en la mente de cada individuo; de que es capaz de hacer cosas, de adentro para afuera. Sólo una vez consciente de que puede liberarse de la estaca sicológica a la cual las circunstancias lo han atado, el individuo buscará concertar con otros para la acción conjunta.
Mas facilitar eso por parte de los programas de ayuda requiere la convicción de que los pobres son capaces de gobernarse.  En vez, usualmente se les gobierna: o se les dan cosas y servicios, o se les moviliza como rebaños.   En el fondo se recurre a la amonestación bíblica: los pobres estarán siempre con nosotros.
Y de ahí es que surge y se nutre la industria de la pobreza. Poniendo parches. Y los ejecutores de estas políticas y sustentadores de esta mentalidad, típicamente con las mejores intenciones, son los gobiernos, las agencias internacionales y nacionales de ayuda, las filantropías y agencias caritativas, y los implementadores de programas contra la pobreza en la sociedad civil. Y hasta las mismas comunidades organizadas caen en este mindsetdesempoderador. Porque sus líderes tradicionales a menudo ven esto como la forma de legitimarse consiguiendo cosas para sus seguidores; porque los seguidores viven convencidos de que esto es lo más que pueden conseguir, mientras siguen—como el elefante—encadenados a una estaca que con otra mentalidad pudieran ellos mismos arrancar de cuajo.
El caso de Puerto Rico es particularmente ilustrador.  Al margen de los indicadores de progreso que parecerían indicar lo contrario, Puerto Rico como país sigue siendo pobre.  Sus indicadores dependen desproporcionadamente de ayudas que le caen del cielo, quizás bien ofrecidas y mejor recibidas, pero fuera de su control. Lo que han aprendido sus gobiernos e instituciones no gubernamentales, tras de un siglo de recibirlas, es a manipularlas, pasivamente, en un país que es, como decía el jibaro, “jaiba pero eñangotao”.  Amarrado a la estaca.  Tristemente la convicción colectiva de impotencia cala también en lo personal.  Así en lo individual a menudo nos cuesta emprender cosas; preferimos el acomodo, y si no funciona nos refugiamos en la jaibería como defensa.  Así esperamos y pedimos a los dioses del olimpo que aumenten los programas que nos benefician.  Así clamamos por líderes carismáticos que hagan un mejoradvocacy por nuestra causa.  Y eso para todas las clases sociales. Para los pobres, ni se diga.
Los países que han eliminado la pobreza (y la lista es corta) no lo han hecho dándole cosas a los pobres... aunque se las dan. Ni lo han hecho capacitándolos... aunque los capacitan. Lo han hecho abriendo espacios de poder para que los pobres los ocupen tomando sus propias decisiones, designando su propias prioridades, diseñando sus propios proyectos, evaluando sus propios resultados y haciendo sus propias correcciones. Los programas de ayuda acompañan y observan esos procesos. Y dan ayuda sólo cuando se la piden.

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