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domingo, 14 de febrero de 2010

La megalomanía de Chávez y la tragedia venezolana


¿Y si un día -así, “de repente”- se va... pero para siempre?

Hugo Chávez expropió, a principios de esta semana, varios edificios, en una decisión que si bien no fue del todo sorpresiva, sí fue atropelladamente unilateral.
Por Mario Alegre Barrios / malegre@elnuevodia.com

Desde hace unos días, el presidente venezolano Hugo Chávez lleva consigo la espada que -se dice- perteneció a Simón Bolívar.

Cuentan que comenzó a hacerlo “de repente” -que es también como se llama su nuevo “programa” de radio- porque sí, porque se le ocurrió que tiene todo el derecho moral e histórico de empuñar desafiante el acero del célebre prócer caraqueño a quien parece considerar su álter ego.

Turbulenta por demás, la experiencia de Chávez con el poder se ha convertido en otro categórico ejemplo del borrascoso destino que -por su propia naturaleza- tienen los excesos afincados en la megalomanía y el narcisismo, rasgos que el tiempo exacerba y que suelen ser incurables.

Con una profunda crisis social y económica abonada en las últimas semanas por una emergencia energética de grandes proporciones, los problemas de Venezuela tienen sin duda un doble registro.

Por una parte, el doméstico -el más inmediato y dramático-, el que escriben cotidianamente millones de venezolanos, quienes no sólo viven con el bolsillo asfixiado por una inflación galopante, sin corriente eléctrica por varias horas al día ni agua durante algunas jornadas completas a la semana, sino que también se levantan cada mañana con un desasosiego crónico, con una incertidumbre infinita, con una melancolía perpetua, anclados a la dramática certeza de estar a merced de los caprichos de un gobernante a quien -“de repente”- se le ocurren retorcidas ideas que cancelan la esperanza.

A contrapunto, ese registro tiene acordes de naturaleza continental, con una Venezuela -en realidad, con un Chávez- cuyas relaciones con algunos de sus vecinos hemisféricos más importantes se han erosionado notablemente -con Chile y Honduras como ejemplos- o bien, han perdido valor debido a las crisis internas de esos -hasta ahora- aliados entrañables, como es el caso de la maltrecha Argentina, en tanto que Brasil mantiene una distancia prudente, con sus prioridades puestas en apuntalar su posición como líder latinoamericano.

Mientras que en la región sudamericana las economías de naciones como Chile y Brasil están a la alza, las de Venezuela y Argentina navegan a la deriva, países ambos con gobernantes cuyos perfiles -¿por coincidencia?- tienen algunas tangencias fundamentalmente truculentas.

Fidel... ¿al rescate?

Hace apenas unos días, con el pretexto de la crisis energética del país, la revolución de Fidel Castro fue al rescate de la venezolana: Chávez anunció con toda pompa el reclutamiento del comandante Ramiro Valdés, a quien describió como “uno de los héroes de la revolución cubana”, y quien alegadamente colaboraría de manera cardinal en la solución del problema.

La medida fue severamente criticada por quienes consideran -no sin fundamentos- que el comandante cubano poco o nada sabe de esos asuntos, carencia que compensa con un bien ganado prestigio como experto en asuntos de seguridad.

Este episodio se convirtió en el testimonio más reciente de lo que parece ser un incremento en la codependencia entre Venezuela y Cuba, con un castrismo que sabe que, sin Chávez y sin su petróleo, su fin se acelerará de manera inexorable, de la misma manera que el álter ego de Bolívar siente, desde el Palacio de Miraflores, que en Fidel -más que en Raúl- tiene el último gran vínculo con ese socialismo desgastado y anacrónico que profesa desde su miopía megalómana y narcisista.

A principios de esta semana, Chávez irrumpió en las ondas radiales del país que cree poseer con la manifestación más reciente de este delirio.

“De repente” es el programa que irá al aire precisamente así, de manera súbita, a su antojo, cuando él lo decida, cuando desee escucharse siendo escuchado por un país cuyo hartazgo de su presidente comienza a ser insoportable y a hacerlo desear que, así como lo oye en la radio, un buen día, “de repente”, se vaya... pero para siempre.

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