Follow by Email

sábado, 19 de noviembre de 2016

LA ISLA EN TINTA: la teoria del espejo

Isla en su Tinta por Eduardo Lalo La teoría del espejo Es un problema antiguo y pernicioso. Cuando en las mañanas nos miramos al espejo, ¿a quién vemos? No se trata simplemente de un asunto de imagen personal, sino que este acto puede contener un problema étnico, racial y político. En días recientes he escuchado estadísticas sorprendentes. Algunos comentaristas del triunfo inesperado en las elecciones estadounidenses de Donald Trump padecen una suerte de manía matemática. Puntúan sus intervenciones con porcentajes, números millonarios y cantidades que aumentaron o descendieron. A veces, parece que la elección se interpreta desde un espíritu contable. Según esta lógica, los demócratas lograron vender menos papeletas en 2016 que en 2012 y, lo que se pensaba como un problema de diseño de la mercadería Trump, probó no importar demasiado a una gran masa de compradores de su proyecto. Según esta perspectiva el pueblo estadounidense no estaría provisto de psicología o, en relación a ella, no tendría más de la de alguien que decide entre una Coca Cola y una Pepsi. Sin embargo, la cosa no es tan sencilla. ¿Qué lleva a alguien a votar? ¿Qué lo lleva a escoger uno de los candidatos? ¿Qué provoca el entusiasmo, la militancia e, incluso, el fanatismo? Para este espinoso asunto, propongo la teoría del espejo. ¿A quién vemos cuando nos miramos en él? En las pasadas elecciones de Estados Unidos, el 29% de los votantes de origen latino optó por Trump. El que este candidato afirmara en sus frecuentes exabruptos y declaraciones incendiarias que los mexicanos eran ladrones, violadores y narcotraficantes, que pretendía en su primer día en el cargo de presidente, construir una muralla en la frontera y obligar a México a financiarla, no impidió que tres de cada diez votantes latinos le dieran su apoyo. Lo mismo debió ocurrir entre los puertorriqueños, cubanos, venezolanos, nicaragüenses y salvadoreños de Florida y otros estados. El pretendido poder determinante de la emigración puertorriqueña en la Florida central, terminó diluido o ni siquiera se manifestó. En la elección de 2012, el 18% de los latinos de este estado acudieron a las urnas. En las elecciones de hace unos días, luego de considerables campañas motivacionales, solamente votó el 19%. Entre una elección y otra, ante la amenaza de Trump y tomando en cuenta la relevancia geopolítica de esta región, el crecimiento fue de tan solo un punto. Estos resultados demostrarían que un número considerable de latinos estimó que Trump no se refería a ellos. Cuando, en las mañanas, se miraban en el espejo, pensaban que ellos no eran los latinos a los que Trump se refería. No tan solo esto, sino que también parece que no les estaba del todo mal que sacara de circulación a un número sustancial de sus congéneres, y se les pusiera del otro lado de la muralla fronteriza o se les devolviera a sus islas en el Caribe. Al mirarse al espejo, estaban seguros que ellos eran diferentes. En estos días he visto otra estadística. Desgraciadamente no la apunté, pero si la memoria no me falla, era del orden del 10%. Ese porcentaje, o uno similar, indicaba una diferencia entre el censo de 2000 y el de 2010. En el último, 10% de los habitantes de Estados Unidos que se habían clasificado como latinos o hispanos en el 2000, se habían convertido en 2010 en blancos. Esta extraordinaria transformación resulta desconcertante. Si se hubiera dado por medios violentos y criminales, se podría considerar un caso de limpieza étnica. Aquí, sin embargo, el vehículo es otro. Es lo que acontece cuando un número considerable de personas se mira al espejo. Los que proporcionaban el dato, aportaban una explicación: especulaban que en el censo de 2000 una parte sustancial de ese 10% era menor de edad y sus padres los clasificaron como latinos. Diez años después, esos ciudadanos convertidos en adultos, se miraron en el espejo y consideraron que ya no lo eran. Los espejos no son inofensivos. Son conocidas tanto la fobia como la fascinación que provocan. Entre nuestros instrumentos cotidianos, son el que más patentemente parece insuflado de vida y misterio. Las imágenes que nos devuelven, producen, invariablemente, un juicio. Ante ellos estamos casi siempre solos y, a la vez, imaginamos cómo nos ven los demás. Frente al espejo, concebimos y proyectamos la naturaleza de nuestras relaciones sociales: la atracción o el rechazo, el deseo o la indiferencia. Ante él se ensaya, también, la posibilidad de ser otro. Una foto de Ricardo Alcaraz, cuyo trabajo ha contribuido destacadamente a formar la memoria visual de las últimas décadas, fue tomada en la tarde de nuestras elecciones. A esa hora, en Estados Unidos, prácticamente nadie suponía que el candidato Trump se alzaría con la victoria. Ricardo Alcaraz retrata un descapotable que transita frente al comité del Partido Nuevo Progresista. Una mujer lo conduce, un hombre va en el asiento del pasajero y atrás van los que parecen ser dos niños. Es un retrato de familia. Ninguno de ellos es blanco. Los muchachos enarbolan tres banderas y el carro en movimiento las despliega parcialmente. Una pequeña pertenece a un candidato a la alcaldía capitalina que sería derrotado esa tarde, otra, de un tamaño similar, es una bandera estadounidense y la tercera es una gran bandera Confederada. El hecho es insólito: se celebra una victoria electoral con una bandera que nunca se ha visto en el país y que en Estados Unidos se asocia al racismo y el extremismo de grupos de hegemonía blanca. Los votos de esas facciones contribuirían esa noche al triunfo del Partido Republicano. Esa bandera ondeando por las avenidas de San Juan inventa además una concepción: Puerto Rico como un estado del sur norteamericano. El retrato de familia de Ricardo Alcaraz nos remite a la visión de sus miembros en el espejo. ¿Qué ven cuando fijan su mirada en su mirada? ¿A quiénes observan cuando no ven el color de su piel, cuando no perciben las calles de San Juan? Al viajar a distintas ciudades, he visto múltiples Trump Towers. Tienden a ser doradas, pretenciosas, grandilocuentes. Son y han sido durante décadas motivo de burla. Sin embargo, en mi recuerdo un hecho ahora se destaca: sus enormes fachadas, del tamaño de un rascacielos, están hechas de espejos. Todo el que se planta ante ellas, ve su imagen reflejada. ¿Qué vemos cuando nos miramos en el espejo? Tags: Partido Nuevo Progresista elecciones 2016 Donald Trump voto latino

No hay comentarios.: